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Aquel sabor tan fresco y directo...

Conde de los Andes Blanco

Conde de los Andes Blanco, protagonista de un maridaje inolvidable

Hemos recibido una carta de agradecimiento. Una pareja de turistas del norte de Europa visitó nuestros famosos calados de Ollauri hace unas semanas, a principios de julio. Sus comentarios nos llenan de orgullo por el trabajo bien hecho (¡enhorabuena, equipo!), pero lo que más llama la atención es lo que sintieron comiendo unos días más tarde con nuestro vino blanco.

Una comida con la que soñar mucho tiempo después

Tras pasar unos días en Rioja, la pareja estuvo recorriendo la costa cantábrica. En un recoleto pueblo pesquero les atrajo un pequeño restaurante: por una ventana se escapaba un delicioso aroma. Decidieron entrar a comer.

Encontraron una cocina sencilla y honesta, muy de la tierra. Hay veces que lo más simple se convierte en el placer más sublime. Y eso es lo que hallaron en un menú de temporada capaz de concentrar y expandir los mejores sabores de la tierra y el mar.

Dos ingredientes, tan sólo dos, fueron capaces de hacerles tocar el cielo.

Como bocado principal, unos salmonetes de roca (mullus surmuletus), fritos en su punto con la cantidad justa de aceite de oliva virgen extra. Las escamas intensamente rojas envolvían una carne blanca, muy tersa y limpia. El olor anticipaba una salinidad fresca, directa. Una pureza de pescado que se deshacía en una boca firme, de sabor explosivo. Era el mar que asaltaba los sentidos y los invadía con la más directa de las evocaciones.

¿Y el acompañamiento? Ahí, el cocinero había girado la mirada hacia la dirección opuesta, a esas huertas que salpican las laderas verdes, entre caserios, hórreos y corrales. En verano, entre las primeras tomatas y los calabacines de tamaño extraordinario, nacen las piparras, o guindillas originarias de la zona guipuzcoana de Ibarra y hoy muy bien adaptadas a muchos valles que dan al Cantábrico. En los últimos tiempos se ha popularizado la costumbre de consumirlas frescas y fritas. Su textura crujiente y su sabor delicioso, mucho más fino que el de un pimiento verde, las convierten en la hortaliza perfecta, tanto sola como para acompañar carnes y pescados.

Y volvamos a la mesa de nuestros amigos, la pareja de turistas que aquel día, ante manjares estupendos, experimentaron una tercera sorpresa: la carta de vinos del pequeño restaurante ofrecía Conde de los Andes Blanco. Todavía con la memoria muy viva de su visita a la bodega, pidieron una botella. El disfrute que obtuvieron fue uno de los mejores recuerdos de su viaje. Y nosotros, desde aquí, se lo agradecemos.